Aunque su nombre evoca pureza, Casablanca ya no brilla con el blanco que le dio fama. Al recorrer sus calles, salta a la vista el desorden cromático de sus fachadas: edificios públicos, viviendas privadas y locales comerciales exhiben una mezcla de colores que rompe con su antigua armonía costera.
La falta de aplicación de una norma que unifique los colores de las fachadas (blanco con azul marino, típico de las ciudades costeras marroquíes) ha dejado paso a una estética caótica. La contaminación, la lluvia, el polvo y los gases de los coches contribuyen a desgastar aún más las superficies.
Además, jóvenes han llenado los muros con grafitis y frases deportivas, creando paisajes urbanos que recuerdan a barrios marginales como el Bronx o Harlem.
Aunque algunos ejes principales se pintan antes de visitas oficiales, la mayoría de los barrios de Casablanca muestran signos de abandono, planteando serias dudas sobre la preservación de la identidad urbana.

